El relato que encontraréis a continuación es una leyenda de inspiración romántica que trata de reflejar (con éxito) el estilo que Gustavo Adolfo Bécquer imprimía en sus relatos en el siglo XIX y, además, con la dificultad añadida de tener que construir todo el relato a partir de un lugar de Turís que sea significativo. El relato es obra de Lara Vallés, alumna de 4ºA que ya ganó el pasado curso el I Certamen Literario que organiza el centro. Por cierto, muy pronto aparecerán en esta web las bases para la II edición.
La triste sombra de Zuleima
Camino colina arriba. El otoño
impregna todos mis sentidos en esta tarde húmeda que cede, segundo a
segundo, su breve sitio a la penumbra. La hierba mojada por la
llovizna de la mañana, el verde oscuro de los árboles, la hojarasca
sonora a mi paso... Todo se identifica, todo cobra otra vida en
otoño. Dejando atrás el valle, cada vez más abajo, más arriba,
las nubes, rojizas, llego al Castellet y me salen a buscar los
recuerdos de infancia. Del, en otro tiempo, poderoso castillo moro,
no queda hoy más que unas solitarias ruinas que ahora apenas se
recortan contra el sol poniente. Y me viene a la memoria aquella
historia que me contó un anciano, hace años, mientras contemplo
Turís, como imagino lo contempló aquella princesa.
El Castellet de Turís |
Zuleima era joven y hermosa. Hija de
un rico rey moro, sabía que pronto habría de afrontar el momento
más importante de su vida: contraer matrimonio. Desde lugares
recónditos llegaban caravanas con sus apuestos y ricos príncipes
cargados de fabulosos presentes para Zuleima y para su padre, que
presentaba orgulloso a su hija; pero esta desviaba la mirada y
lloraba amargamente. Ninguno de aquellos jóvenes le conmovía.
Los lujosos aposentos de la princesa
tenían una pequeña ventana que se asomaba al campo de labranza, al
pie del castillo, donde los labradores cristianos trabajaban la
tierra. Pero Zuleima, lánguida, no miraba a través de ella el
hermoso paisaje verde, sino a su labrador. Estaba prendada de aquel
joven campesino que la miraba arrobada y entonaba dulces canciones de
amor mientras trabajaba. Desde su atalaya, se había ido enamorando
del muchacho casi sin darse cuenta; de su voz, de sus alegres ojos
azules, de su luminosa sonrisa...
Pero quiso el infortunio que el rey
moro, una mañana que paseaba a lomos de su caballo blanco,
descubriera a su hija acodada en las almenas, embelesada mientras
miraba al joven, que le cantaba y le sonreía. El rey, furioso ante
algo que él consideraba intolerable, desenvainó su cimitarra y,
ciego de ira, allí mismo, dio muerte al campesino ante el horror y
la desesperación de la princesa.
Desde aquel día, Zuleima no salía
de sus aposentos. Allí encerrada, se acurrucaba en un rincón. Si
lloraba, nadie la oía, nadie la consolaba; no comía, no dormía...
no vivía. Una tarde de primavera no pudo con su tristeza. Se
encaramó a su almena y, desde allí, se lanzó al vacío. Su padre,
consciente de su terrible error y destrozado por el dolor, abandonó
el castillo, sus tierras y sus recuerdos para siempre.
Aún hoy, según dicen, en noches de
luna llena, si te fijas bien, puede verse allá, en la cima de la
colina, una sombra huidiza entre los adobes de las ruinas moras.
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