divendres, 23 de gener de 2015

RELATOS CON GALLINAS Y SIN ALCOHOL

  Tres relatos a partir del mismo inicio; una actividad compleja, pero con resultados más que sorprendentes. ¿Qué hubieráis escrito vosotros? Os invitamos a que las descubráis.

LO IMPOSIBLE, por Óscar Cano Milvaques, 3º ESO A

Allí estaba él, con un tercio de cerveza sin alcohol roto en la mano sangrante y amenazando con furia a todas las gallinas del corral.
Hacía un mes que había salido del centro donde le ayudaron a dejar el alcohol, y él, Carlos, no quería ir al bar a cenar porque le entrarían ganas de tomarse una cervecita, pero, como era de esperar, sus amigos acabaron convenciéndole.

Aquellas gallinas eran sospechosas...
Al llegar intentó no beber, pero la sed le venció. Iba a pedirle una cerveza al camarero cuando la otra camarera llegó por detrás de él y le preguntó:
- ¿Le apetece una cerveza sin alcohol?
- Claro-, respondió Carlos.
A Carlos le sorprendió, no se le había pasado por la cabeza el pedir una cerveza, pero sin alcohol.
Los amigos estaban hablando de las grandes industrias, como la del automóvil, la del petróleo, etc. Cuando de repente una gallina se les puso encima de la mesa. Todos se dieron un susto, pero la gallina, con mucha tranquilidad, miraba fijamente a Carlos, como si Carlos le hubiese hipnotizado; era como si tuvieran una conexión especial. Mientras todos estaban sin poder creérselo, Carlos, asustado, salió a la calle para tomar aire fresco, la escena le había impactado mucho.
Al día siguiente, de camino a la oficina del paro, había una granja llena de gallinas; se podía saber fácilmente porque olía mal, había mucho alboroto y un cartel que ponía: “vendemos huevos del día, gallinas y pollos”.
Aquello le pareció una coincidencia, aunque no lo era. Más tarde se daría cuenta de que todo eso de las gallinas no podía serlo. Al llegar a la oficina del paro, le dijeron que le habían ofrecido una oferta de trabajo como granjero, precisamente en aquella granja por la que había pasado. Aceptó la oferta ya que no le llegaba el dinero a fin de mes si quería beberse su terco de cerveza sin alcohol diario.
Al día siguiente llegó diez minutos tarde a su primer día de trabajo. Había soñado que unas gallinas le acorralaban y le picoteaban los ojos, y no se había levantado con muy buen humor, así que decidió ir al bar a por su tercio sin alcohol para bebérselo en el trabajo en el descanso, y eso le sirvió de excusa, porque su jefe, Gorka (que era del País Vasco), también bebía una cerveza todos los días y le comprendió.
Gorka puso a trabajar a Carlos recogiendo los excrementos del corral de las gallinas más jóvenes. Estaba a punto de acabar, cuando las gallinas empezaron a alborotarse, poco a poco, empezaron a llegar gallinas de otros corrales inexplicablemente y empezaron a acorralar a Carlos. Entonces, Carlos recordó el sueño en que le picaban los ojos. Desesperado y atemorizado, cogió su tercio sin alcohol y lo partió por la mitad con sus manos. Ahí estaba él, con un tercio de cerveza sin alcohol roto en la mano ensangrentada y amenazando con furia a todas las gallinas del corral.


LA OPORTUNIDAD DE SU VIDA, Carlos J. Pérez, de 3º ESO A

Ahí estaba él, con un tercio de cerveza sin alcohol roto en la mano sangrante y amenazando con furia a todas las gallinas del corral.
Alberto despertó aquella mañana cansado tras la fiesta sorpresa de sus amigos para celebrar su marcha a Irlanda. Tras la oportunidad ofrecida, no iba a decir que no: estudiar en Warnborough era un sueño para él. Se levantó de la cama, se lavó los dientes como de costumbre y se preparó una taza de té y varias tostadas con mantequilla. Se vistió y se puso camino al bar donde le esperaba su novia.
Al llegar, se notaba algo raro en el ambiente, pero no lo percibió a causa de la felicidad que desbordaba aquel chaval de veintiún años que pronto cambiaría radicalmente.
Su pareja le había dejado y, como le sucede a mucha gente, optó por ahogar sus penas en el alcohol. Una, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis tercios de cerveza, el último sin alcohol, tragó aquel hombre triste y desafortunado en el amor.
A la mañana siguiente, apareció en una granja, confuso y rodeado de gallinas que desafiaban con picarle sin temor alguno.


LA CRUEL VIDA DE LEONARDO, por Lluis Burguet, de 3ºESO A

Ahí estaba Leonardo, con un tercio de cerveza sin alcohol roto en la mano sangrante y amenazando con furia a todas las gallinas del corral. Cuando acabó de matarlas sufridamente a todas se golpeó con el tercio en la cabeza y murió.
Era por 2003. Leonardo era el granjero del pequeño pueblo de Espinosilla de San Bartolomé. Como todas las semanas de verano, Leonardo salía a por su pedido de abono, medicinas y plaguicidas para sus numerosas hectáreas de trigo cuando apareció María Teresa, la repartidora que siempre le llevaba los pedidos. Él estaba enamorado de ella desde el primer día que la vio, el problema era que siempre quería decírselo pero al final nunca podía ya que nunca era capaz de pasar de la misma conversación:
- Hola María Teresa!- le decía Leonardo.
- Hola Leonardo, aquí tienes lo de siempre, tus diez kilos de abono, tus medicinas para tus animales y tus plaguicidas.
- Gracias María Teresa.
- De nada, hasta luego.
- Una cosa María... es que yo... En fin...
- Lo siento Leonardo, pero, ¡me tengo que ir!
Entonces María se subía a su furgoneta y se marchaba... Leonardo siempre se ponía triste y por las tardes se iba a Casa Manolo, el bar al que siempre iba a aliviar sus penas con el alcohol.
- Hola Manolo.
- Hola Leonardo, ¿qué? ¿Te pongo lo de siempre?
- Sí, una bien fresquita.
Tras horas y horas en el bar Leonardo se dejaba mucho dinero y volvía borracho a la granja.
Un día, lunes 8 de diciembre, a Leonardo le tocaba una revisión en el Complejo Asistencial de Burgos. Como siempre, para ir al hospital, se subió al autobús y se fue para allí. Después de una hora de pruebas a Leonardo le comunicaron que tenía Cirrosis, pero muy leve y le dijeron que sin beber alcohol le desaparecería. Al principio le costó un poco beber cervezas sin alcohol porque para él no tenían el mismo sabor, pero se acabó acostumbrando.
Entonces, un día Leonardo oyó la música fúnebre del bando municipal. Él siempre estaba muy atento pero esta vez lamentó haberle prestado atención. Como siempre, era Joaquín de Arriaga el que decía el nombre del difunto:
- Se hace saber, de parte de la familia Ezcurra Aldama, que ha fallecido María Teresa Ezcurra Aldama.
Leonardo ya no quiso escuchar más... ¡su enamorada había muerto! Entonces Leonardo se echó a llorar con un sentimiento entre furia y tristeza.

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